CARTA ABIERTA A LAS COIM Y LAS CCEs
A LA SOMBRA DE UN ARBOL ME ESPERAS
“La pequeña crónica de cómo un viento sacudió a nuestra iglesia latinoamericana y nos hicimos revolucionarios sin saberlo”
“Hoy estamos frente a nuestra crisis, la que nos recuerda que queremos partir y dejarlo todo, olvidarnos de todo lo que dimos, dijimos e hicimos, para que pase a ser parte de nuestro pasado, olvidarlo todo, para que nada, absolutamente nada, tenga sentido, simplemente, quede oculto bajo un haz de memorias inconclusas, como muchas obras iniciadas con gran emoción en este continente osco y conservador, hijos de una historia atiborrada de encrucijadas, vaivenes y vejámenes incalculables, donde aparentemente, con el huracán da la globalización y sus consecuencias, ya nada tenemos que decir….”
Con esta pequeña descripción abrimos el panorama para analizar lo que desde hace cuarenta años nos sucede como iglesia peregrina en América Latina, hoy, cuando estamos prestos discutiendo el documento de Aparecida, el cual surgió el año anterior como un remezón e involución en nuestra Iglesia latinoamericana, antítesis de Medellín. Nos hallamos reducidos como ciudadanos del común a una forma incipiente de cristianismo, nos encontramos ante una Iglesia que se niega a celebrar, e incluso, busca acallar una reflexión surgida en un continente en transformación, que tanto le arde y remuerde, como lo es nuestra teología latinoamericana, documento y teología, fueron declarados insubsistentes desde el mismo momento de su aparición, pero oficialmente, a partir de 1979 con Juan Pablo II, quien inicio un proceso de revisionismo, anacronismo e involución en la iglesia que el mismo Espíritu Santo había inspirado en Juan XXIII y Pablo VI, para darle una estocada final en Santo Domingo y Aparecida.
Una de las grandes formas de eliminar a alguien es cuando ocasionamos en la gente dos cosas: la primera, una indiferencia total y la segunda, borrarlo de la memoria, eso ha ocurrido con el documento de Medellín, escrito por La Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano, un encuentro pleno de obispos ávidos de nuevas creaciones e ideas como otros ultra conservadores y enajenados de semejantes posturas, entre los primeros tenemos a Helder Cámara, Eduardo Pironio, Gerardo Valencia Cano, Fernando Camader, Leonidas Proaño, Francisco Angelleli, entre otros, quienes pretendieron darle un giro a esta Iglesia latinoamericana a la luz del Concilio Vaticano II, entre los segundos, no olvidaremos a Monseñor Posada obispo de Itsmina Chocó, quien afirmó “no haber firmado ese documento y que fueron vilmente engañados”, con estas posiciones, es claro, que la Iglesia emprendió una división que se hace cada vez más evidente en tiempos tan álgidos como los actuales.
Muchos y muchas se preguntarán ¿para que revivir un documento tan viejo que a nadie dice nada actualmente, menos, si se trata del episcopado ó si es de la Iglesia?, pero son sólo impresiones, pues si el documento no fuese bueno y claro, la iglesia no lo habría enterrado. Dicho documento es la carta de navegación oficial de la Teología de la Liberación en nuestro continente, quien trazó una ruta para tantos años de resistencia, de lucha y de camino, donde sabemos y asumimos “que el Evangelio no es con medias tintas”, vivirlo es una lucha permanente, para impedir que los que se encuentran en la oscuridad lo borren de forma permanente.
Sin embargo, esto no es lo más esencial, por lo que me voy a centrar en el objetivo de este recordatorio, ya que es un compromiso conmigo mismo y con la historia, se trata de discernir la forma como dicho documento centró y recordó el papel del laicado en el proceso evangelizador latinoamericano, lo cual hace necesario leerlo a partir de la crisis que se presenta en nuestro contexto: vamos a ver, hago referencia al olvido de los ejes centrales bajo los cuales se centro la reflexión, iglesia, mundo y acciones pastorales, bajo los cuales se articuló el trabajo de proyección. Cuando nos acercamos desprevenidamente a quienes pertenecen a la Iglesia sin importar la denominación como personas activas, encontramos que ni siquiera en el punto o concepto inicial del documento respecto al laicado, se cumple la concepción de “Iglesia pueblo de Dios”, por el contrario, nos encontramos, ante una iglesia jerarquizada, llena de ministros, androcéntrica, olvidada de su pobreza, del deber de evangelizar a los más pobres y denunciar las injusticias de los más ricos, eso sin olvidar su independencia de quienes ostentan el poder.
Ante esta panorámica, resulta más paradójico la forma como el laicado, cuarenta años después se ha vinculado al proceso evangelizador, lo observamos en la manera como dialoga el presbítero y su comunidad, parece más “un señor feudal” ante sus siervos de la gleba, a los cuales imparte ordenes e instrucciones y estos no pueden separarse de dichas directrices, es decir, se limitan a obedecer, negándose su autonomía y siendo casi herético, el osar dar sugerencias, por sólo citar un ejemplo. De otro lado, es la forma como se debe aguzar los sentidos entorno a las CEBs, pues es evidente que hoy dichas comunidades, son sólo pequeños grupos de oración que andan bajo la sotana del cura, se adornan y “celebran misa”, pero no existe una actitud de cambio y transformación, menos cuando esto se hace a puerta cerrada con un grupo de escogidos, a los que se les llama comunidad, pero que están lejos del resto y respiran aire de santidad como si fuera alquitrán.
Es notorio que el reto de Medellín respecto a superar el miedo de nuestros laicos a actuar sin el sacerdote o presbítero no ha sido superado, lo cual es evidente en la inseguridad que manejan cuando en un movimiento de comunidades no existe un sacerdote, se cree que ello no es “aprobado por la oficialidad” y menos legítimo. La seguridad dada por el documento de Medellín con respecto a esta tarea, no se evidencia, es esta la crisis de nuestras actuales comunidades independientes, quienes quieren vivir su fe en la periferia de nuestras estructuras, nos permite hallar entre ellas gente que no es capaz de asumir por su propio estilo de formación una pastoral profunda, sencilla, sin arandelas o de vivir con otros sencilla, sin arandelas o de vivir con otros en fraternidad, mucho menos, de renovar y transformar sus prácticas de fe considerándose como sujetos de la misma celebración. El solo hecho de pensar que todo esto es para que las cosas fueran un poco más distintas o diferentes, les atemoriza.
Entonces desglosaremos esto con evidencias conceptuales, de las cuales, estoy seguro son muy pocos quienes las han leído o quizás las reconozcan ó las habían olvidado, pero este esfuerzo pretende recobrar la importancia, porque ni el sacerdote ni los pastores nos lo van a decir, porque no les conviene.
Es esencial al laico la vida comunitaria, sin ella, no se es cristiano, quien pretende seguir a Jesús y no asume esta propuesta, se puede decir, que está fuera de la realidad, y es en la “comunidad de base” donde se vivencia esta exigencia, sobre todo, es necesario asumir que nadie ha nacido aprendido y ello entonces exige de nuestra parte lo siguiente:
Un trato fraterno entre sus miembros (pastoral de conjunto III orientaciones pastorales, No 10) lo cual exige, que dichas comunidades se transformen en familia de Dios, de tal forma, que se transformen en “fermento mediante un núcleo, aunque sea pequeño, que constituya una comunidad de fe, de esperanza y de caridad” (Lumen Gentium, No 8), esto entonces nos lanza un cuestionamiento serio, que exige de nuestra parte observar, discernir y no darnos por vencidos, pero sobre todo confrontarnos ¿si, efectivamente estamos dando testimonio de esto o no? ¿efectivamente somos capaces de vivir en comunidad bajo estos parámetros?
Ahora bien, viene el tema álgido de este numeral, es la siguiente afirmación “la comunidad cristiana de base es así el primero y fundamental núcleo eclesial, que debe, en su propio nivel, responsabilizarse de la riqueza y expansión de la fe, como también del culto que es su expresión. Ella es pues célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo” (Ibíd.) mejor no se pudo decir en el documento, es la síntesis para quienes pretenden seguir y continuar el camino de CEBs ,de COIMs, de CCEs, quien o quienes intenten vivir en comunidad deben reconocer que es esta la primera esencia y misión de la comunidad eclesial de base, sin ello, todo lo demás es sombra y golpes al vacío, pero ¿Qué advertimos hoy? Gente que cree que las comunidades son grupos de oración tras la sotana del cura y las monjas, o en el peor de las casos, comunidades neocatecumenales, que solo buscan expandir la ideología de los opresores, disfrazados de verdaderos y de “camino”, quizás, el camino de la perdición, porque copiaron todo lo despótico de una historia tergiversada, en ningún momento lo esencial de una vida de fe, sencilla, del pueblo, a pesar de ubicarse en barrios populares ¿pero por qué ganaron espacios? ¿por que las CEBs, se olvidaron de esta misión encomendada en Medellín?, hoy pretendo desempolvarlo para que no se nos olvide, es obvio que quienes militan en comunidades autónomas pretenden afiliarse y adaptar las normas a sus intereses personales para pertenecer, y no todo lo contrario, asumir todas sus exigencias, porque queremos una comunidad light, ligera, fácil y sin interpelaciones, tan evidente es esto, que por ello hoy muchos no le apuestan a este modelo de Iglesia.
Vale la pena resaltar que se ha construido con las comunidades neocatecumenales una tergiversación del numeral once de este capitulo, pues crearon una iglesia jerárquica, imperial, disfrazada de comunidad, donde los pastores son el centro, los opresores, para que los oprimidos sean humillados aún más, es lógico, si el OPUS DEI son las comunidades de los ricos, la GESTAPO de la Iglesia , las comunidades neocatecumenales, son el campo de concentración en la periferia, para asegurarse “que los pobres sigan obedeciendo”, continúen sumisos y sus vidas sean sumidas en la enajenación, pariendo hijos que no pueden sostener y soportarse en matrimonios sin sentido hasta la muerte física, de uno de los dos o ambos cónyuges. El documento planea en este numeral, no una dependencia, sino una autonomía, por ello la iglesia romana les teme, comenzando por el presente papa, porque sabe que ellas son criticas y no se dejan enajenar ni mucho menos transferir por quienes pretenden eliminar su capacidad de organización, además de ampliar los ministerios, los cuales no los detentan solamente los ordenados, sino que ubica dichos ministerios donde son, en el bautismo, sacramento bajo el cual todos somos sacerdotes, profetas y reyes, este es el reto, quien pertenece a una comunidad eclesial, comprende, sabe y analiza el deber ser de su militancia.
Ahora, me ubico finalmente en el segundo eje de mi reflexión, los laicos, es bajo este matiz que se entiende el resto del documento, un laicado activo, autónomo, capaz de confrontar y consolidar la vida y la fe, que en ningún momento ha de permitir su olvido, su marginación, todo lo contrario, más enérgico, dinámico, trabajador, eficaz, laborioso y con capacidad de decisión. La realidad latinoamericana lanza y exige un nuevo compromiso “esta compleja realidad sitúa históricamente a los laicos latinoamericanos ante el desafío de un compromiso liberador y humanizante”, es este otro de los temores de la iglesia jerárquica y de quienes poseen el control económico y político, un laicado activo terminará impidiendo un cambio en las estructuras de poder.
Dichas estructuras han permitido el debilitamiento del movimiento laical, pareciera actual y vigente para confrontar los documentos de Santo Domingo y Aparecida al leer la situación de crisis de nuestros grupos y movimientos, tener en cuenta los siguientes factores “la débil integración del laicado latinoamericano en la Iglesia, el frecuente desconocimiento, en la práctica, de su legítima autonomía y la falta de asesores debidamente preparados para las nuevas exigencias del apostolado de los laicos”. (Movimiento de laicos, I hechos, No 5). Es esto lo que constituye la base del problema, es decir, cuando no se puede asumir con cierta responsabilidad el quehacer y el acontecer, nos hallamos ante hombres y mujeres mediocres, a quienes parece no importar hasta donde se puede llegar con el compromiso que demanda del laico como sujeto, efectivamente un deseo sincero de transformación, de responsabilidad y de desarrollo en lo que hace referencia a la búsqueda de la liberación del pueblo, de la cultura y de la sociedad.
Es por ello, que el documento recuerda que el laico “como todos los miembros de la Iglesia, participa de la triple función profética, sacerdotal y real de Cristo, en vista al cumplimiento de su misión eclesial”, (Ibíd. No 7 ) y esto se complementa con el numeral 9, de tal forma, que es el laico tan autónomo y capaz de actuar “a pesar de sus pastores”, de tal manera que en el caminar no los requiere ni precisa, mucho menos, en dichos momentos de agudeza y contrariedad, con tal fuerza actúa en la vida y el proceso de desarrollo, que no se puede olvidar que es fundamental implicar a estas.
En el numeral 11, Medellín nos lanza un reto para los que sufren angustia de vivir y asumir el compromiso laical, porque consideran que deben dejarlo todo, cuando efectivamente es desapegarse lo que más nos brinda paz, libertad y tranquilidad, para poder permanecer en el lugar y la labor asumida, con todo lo que ello implica para avanzar a lo largo de la vida, es en lo cotidiano donde se lanza el proceso de liberación y los compromisos arrojados por este documento hace cuarenta años. Es a partir de los excluidos como efectivamente podemos desarrollar una nueva transformación, un acontecimiento y una búsqueda constante de otro mundo, de otra historia.
Finalmente el numeral catorce es claro, “apóyese y aliéntese decididamente, allí donde ya existen, dichos equipos o movimientos; y no se abandone a sus militantes, cuando, por las implicaciones sociales del evangelio, son llevados a compromisos que comportan dolorosas consecuencias.” No se les puede olvidar, menos abandonar, mucho menos, cuando sus posiciones político sociales no están acordes con el abad o presbiterio del lugar, todo lo contrario, no es un favor, es un deber, pero cuan doloroso es encontrar que cuarenta años después nuestros presbíteros, obispos y ministros han olvidado a sus laicos contradictores, formando laicos que les aplaudan y alaben, que dependan excesivamente de ellos y que olvidan el propósito de su misión, avanzar en la búsqueda y el desarrollo de una sociedad más justa y equitativa. Para los laicos militantes de la vida, opositores y contestatarios de lo establecido por manipulación y alineación, que aun existen, a quienes dedico esta breve reflexión, quiero invitarles, desde la eco teología, la teología negra, la teología indígena, la teología en perspectiva de género, las homosexualidades, la teología y sexualidad, todas hermanas de la teología de la liberación, a seguir un nuevo proyecto que ha de ser continuado en la teología de la resistencia, mientras esta sea la lucha, Jesucristo el liberador vive en este documento ecuménico, el cual implica y exige de cada cristiano sin importar su denominación, avanzar y consolidar una pluralidad y un pluri-ecumenismo sin límites, sin arrebato de protagonismo y sin extralimitaciones en su quehacer, es decir, el documento de Medellín se encuentra hoy bajo tres ópticas, como el buen queso, el cual entre mas viejo y lleno de gusanos, sabe mejor, como el mejor vino, entre mas añejo, se pone más dulce, como la semilla, que tiene que morir para germinar, Hoy, Medellín fue enterrado por el documento de aparecida, para que finalmente de el fruto que necesitamos, la resurrección de la verdadera iglesia.
Por: LUÍS EDUARDO VALENCIA A. (COIM, MEDELLÍN, COLOMBIA)